lunes, 4 de abril de 2011
Abril
lunes, 14 de marzo de 2011
martes, 23 de noviembre de 2010
Amarse y Amar
domingo, 24 de octubre de 2010
Afortunado
por Marisa F. Pascual
Yo sólo quiero tener como amigos a los afortunados. Afortunados los que saben que cuando una puerta bate contra nuestra nariz, cerrándose, hay otra que espera para ser abierta. Los que miran a cielo y siempre ven estrellas, los que nunca buscan los tres pies al gato. Los que tienen a quien cuidar, los que son cuidados, los que respiran hierba y lavanda en lugar de humo y asfalto. Los que respiran humo y asfalto porque no quieren respirar hierba y lavanda. Los que aman. Los amados. Los que sueña a diario con un mundo mejor y no lo proclaman, como algunos políticos, mitin por mitin. Los inocentes, ingenuos, sencillos, transparentes, limpios. Los disciplinados y entregados a su labor, porque el tiempo pone en su lugar a todo el mundo. Los que resisten. Porque como decía el maestro “el que resiste gana”. Los que repudian a los sátrapas e intolerantes y sectarios y antidemócratas. Los que no tienen cartas ocultas bajo las mangas de la camisa. Los que recitan versos que se pueda entender, porque hubo un tiempo en que la poesía resultaba hermética e ininteligible. Los que nuca se derrotan y saben que la felicidad también es eso: ir de derrota en derrota y ser capaz de levantase: el éxito es perder 1000 veces y no desesperar. Los inmunes a la tristeza y a la desesperación. Los que creen en la amistad más que en el color de las banderas (que no dejan de ser trapos). Los que enseñan sonrisas a pesar de que la procesión va por dentro. Los que no saben odiar y olvidan la palabra rencor. Los que persiguen un sueño… aunque sepan que nunca podrán alcanzarlo. Los que saben abrazar. Los que miran a los ojos cuando hablan. Los que creen que as mejores armas son las palabras. Los que no se dejan engañar por lo aparente, los que no contemplan ni el pasado ni el futuro, porque sabe que lo importe reside en el presente. Los que entre que al leer estas palabra dejan volar mariposas entre líneas. Los ilusionados, románticos, los ingenuos. Afortunados. Afortuados. Afortunados.
jueves, 30 de septiembre de 2010
La afilada navaja de Ockham

Un trepidante, duro y mágico relato -basado en hechos reales- que describe un error y posterior abuso policial; con un apoteósico final feliz después de una lucha, toda sorprendente, contra la adversidad.
Se verá enganchado, desde el primer momento, en una guía práctica de cómo vencer tremendas dificultades y contemplar el prodigio de la vida, actuando para regalar un desenlace que le dejará admirado y sorprendido.
Es “La afilada navaja de Ockham”, una fehaciente prueba de que existe Magia asombrosa en la vida y una confirmación de que “toda adversidad lleva consigo la semilla de un inmenso beneficio” con la existencia de una Justicia Verdadera, más allá de la imperfección humana.
El lector quedará asombrado con esta reivindicación de Justicia Mayor donde, a pesar de la mentira, siempre vence la luz de la Verdad.
Esta obra es de Ignacio Fernández Candela, pintor artístico, de valorado y original estilo pictórico, que halló la inspiración de este libro en unos acontecimientos que se iniciaron un 9 de Marzo de 2009 de manera sorpresiva.
El error policial es un hecho que puede suceder a cualquier persona, de toda condición, y es más grave si se asocia al abuso, por la indefensión que supone a un ciudadano honrado no ser respetado en sus derechos.
De la adversidad que supuso un hecho que puede consumir la vida de una persona, se pasó a la victoria pese a tener en contra todas las circunstancias. El relato es una inspiración de la vida real- que supera a la ficción- y un ejemplo de superación y esperanza aun cuando todo pueda parecer un mal insalvable.
Es La afilada navaja de Ockham, también, una espectacular llamada a la esperanza, incluso allá donde las sombras parecen ocultar la realidad de una España sumida en el engaño del que sus habitantes todavía no parecen despertar.
Os dejamos la crítica literaria de nuestra colaboradora habitual, Marisa Fernández Pascual:
"Hacer una crítica del Libro de Ignacio Fernández La afilada navaja de Ockham es casi como hacer la crónica de un suceso propio de un telediario. Si lo que se nos narra nos parece en sí mismo descabellado e impropio de una sociedad civilizada como la nuestra, cuando al fin colegimos que no es más que la pura realidad sin maquillaje nos echamos las manos a la cabeza… ¿Pero es posible que esto esté pasando? ¿Hoy? ¿Aquí? Pues si, y es lo que hace a esta obra doblemente estremecedora: estremece por los golpes con que nos mancillan a veces sus duras palabras (no pueden ser otras) y nos aterra cuando tomamos conciencia de que todo lo que se cuenta es verdad, tan verdad que es la historia en primera persona del que, valiente, la escribe. Y digo valiente porque no es un tema ni cómodo, ni bonito, ni siquiera políticamente correcto. Es la cruda, la áspera y rugosa realidad que emana de cada una de sus páginas, a veces suavizada con estratégicas gotas de fina ironía que ayudan a no salir huyendo, quién sabe a dónde,tras leer esta negra crónica del S. XXI. No apta para mentes cerradas, Y de recomendación obligada para los que quieren, queremos ver, que hay otra realidad, como decía el anuncio, pero que ya está en esta."
sábado, 25 de septiembre de 2010
Tarde Naúgrafa
Va la tarde naufragando en las rosas,
la niebla mata corzos por el monte.
Soy una órbita de huesos infectada de sueño.
Ese día,
ceniza de los últimos meses.
es mi día, mi centro.
Desde el estanque me mira una pupila
Insaciable de luz.
Se me afilan las nauseas,
el ser, la nieve, el mar.
Es la fuga
de todos los recuerdos tras las tapias de la lluvia.
Sé que me marcharé
anónimo transeúnte de mi ciudad amarga.
Por eso,
Aunque gota a gota el minuto vaya apagando astros
sin mi consentimiento
diré que vi los signos,
no sin cierta ternura:
venían a morir al lado de mi lámpara
las últimas avispas, por ejemplo.
o el metal jadeaba
creyendo no ser visto.
Diré que prometí despedazar mis sienes en el último vals.
Diré que fue mi muerte
dulce como una muerte dulce
como un sorbo de té para un buzo perdido.
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Marisa F. Pascual
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sábado, 17 de abril de 2010
Y...
ojos quizás
vuelos de luces y pestañas,
y heridas, y simplemente
ojos amor
ojos hombre,
ojos quizás, ojos.
Tan sólo agua con sal
y ojos, muchos ojos,
ojos amor,
olvido y ojos y pupilas
y un navegar de estrellas
en cada movimiento
de tus ojos. De mis ojos
espejo y amargura
brotando. OJOS
en todo el universo.
planetas, ojos de dios
quizás...
Ventanas de otros mundos,
ojos castaños,
ojos amor,
ojos dolor
ojos nostalgia, sinrazón en los ojos. Desamor
matando las pupilas,
y siempre ojos, muchos ojos,
todo el mundo en los ojos
que nos miran. Ojos
que aguardan, que esperan, que ofrecen.
Mis ojos para sufrir, ojos para entregar y despojar los
OJOS AMOR
.......................LUZ
................................VUELO...
sábado, 20 de marzo de 2010
jueves, 11 de marzo de 2010
domingo, 7 de marzo de 2010
Presentación de "Para Meigo"
El martes, 9 de marzo de 2010, Marisa Fernández Pascual, presenta su primer libro en la Casa del Libro de Vigo. La presentación correrá a cargo de su editor, Bieito Ledo, el periodista Modesto Hermida y la autora, Marisa Fernández Pascual.

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Marisa nos presenta su obra:
Ante todo, decir que este es un librillo sin presunciones.
Pienso que los libros o las canciones de amor así denominados, están mal llamados. Mas bien son composiciones o relatos que hablan de desamor en sus penurias por “puritito desahogo”
E libro está compuesto por trece relatos cortos, habla de cosas que a veces nos parecen que solamente nosotros sentimos y sufrimos , e resulta que, de golpe, nos damos cuenta de que que son tristezas y vivencias universales.
No es mi biografía, aunque a veces, como es lógico, las cosas vienen inspiradas por las vivencias propias, lo que no es lo mismo.
Pero el encanto del libro reside en un gran regalo: el prólogo hecho ex profeso para esta obrita, de Camilo José Cela, lo que le da al libro una cierta entidad. Generosa conmigo en esta mi obra deslizando un hermoso epílogo que non sé si merezco, fue una profesora de la Universidad Camilo José Cela, Esperanza Robles, el cual, al ir de último, cuando se cierra el libro, forma un circulo con los brazos de Cela para proteger en su interior estas “vivencias” de las malas energías.
Marisa Pascual
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Marisa F. Pascual en una entrevista del Correo TV
Santiago de Compostela
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Pra leer el Prólogo de Camilo José Cela, picha aquí.
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martes, 16 de febrero de 2010
Marisa Pascual... con prólogo de Cela

Ante todo, decir que este es un librillo sin presunciones.
Pienso que los libros o las canciones de amor así denominados, están mal llamados. Mas bien son composiciones o relatos que hablan de desamor en sus penurias por “puritito desahogo”
E libro está compuesto por trece relatos cortos, habla de cosas que a veces nos parecen que solamente nosotros sentimos y sufrimos , e resulta que, de golpe, nos damos cuenta de que que son tristezas y vivencias universales.
No es mi biografía, aunque a veces, como es lógico, las cosas vienen inspiradas por las vivencias propias, lo que no es lo mismo.
Pero el encanto del libro reside en un gran regalo: el prólogo hecho ex profeso para esta obrita, de Camilo José Cela, lo que le da al libro una cierta entidad. Generosa conmigo en esta mi obra deslizando un hermoso epílogo que non sé si merezco, fue una profesora de la Universidad Camilo José Cela, Esperanza Robles, el cual, al ir de último, cuando se cierra el libro, forma un circulo con los brazos de Cela para proteger en su interior estas “vivencias” de las malas energías.
Carta a una escritora incipiente
Mi querida amiga,
La prosa de su autoría que tan heroicamente y arriesgadamente me hace llegar, está llena de encanto, de ingenuidad y de sinceridad; le felicito y desearía que dentro de muchos años siguiera usted escribiendo con igual frescura, con la misma lozanía y con idéntico benemérito descaro. Unamuno dijo, jugando al genial despropósito y a la diáfana paradoja, que la literatura no era más que muerte; para mí tengo, sin embargo, que es solo vida en agonía permanente, y uso este contexto en el etimológico sentido que Unamuno quiso darle.
El ser humano solo se meta a escribir cuando quiere vengarse de sí mismo y se clava en el corazón el cuchillo de sus propias zozobras, sin sufrimiento no hay literatura, y la felicidad se vive ¡vaya si se vive!, pero jamás se escribe, quizá para ahuyentar los remordimientos de conciencia. El dolor es más fácil de explicar que el placer, y para Paul Valery, el poeta puro, merecía probar a componer con palabras aquello que aparentemente obvio, resultaba punto menos que hermético para el entendimiento.
Hay varias clases de golpes, en el espinazo, en alguna de las tres potencias del alma, en el corazón, y de cualquiera se puede obtener saludable fruto literario si se acierta a digerir con generosidad y gracejo.
Me da la impresión de que a usted la vida le ha zurrado a modo y le felicito porque intuyo que ha sabido asimilar el dolor y convertirlo en eficaz y plausible literatura. En las páginas de Para Meigo late un permanente y bellísimo dolor que destapa los más misteriosos frascos de la esencia literaria. No estoy haciendo una crítica de su obra, no estoy emitiendo un juicio sobre sus cualidades, entiéndalo bien, pero sí estoy gozando en el recuerdo de sus añoranzas y en el cauteloso mimo de sus casi inconfesados optimismos.
¿Por qué es usted, mi querida y joven amiga, tan cruel consigo misma? Cicerón decía que la crueldad no trae ningún provecho, pero su pensamiento falla en este humano rincón que decimos la literatura porque con la crueldad del escritor nos nutrimos y solazamos los lectores, y usted es una buna prueba de cuanto digo. Me gustaría escribir un libro sobre su libro y después tirarlo al mar para que lo leyeran las sirenas o se lo comieran los rorcuales, es lo mismo; créame si le digo que las trece historias que lo componen bien merecerían mi atención porque están tan lastradas de misterio, de casi angélico dolor y de verdad. La imaginación jamás sobra, aunque usted la derrocha con valor, y en la lectura de sus páginas nadamos arropados por un clamoroso oleaje de fantasía.
Yo no soy quien para dar consejos a nadie, creo recordar que ya se lo dije alguna vez en nuestras gratas chácharas irienses, porque pienso que cada cual debe ejercer el derecho de equivocarse solo, pero le recuerdo que en el Guzmán de Alfarache se lee que consejo sin remedio es cuerpo sin alma y yo no tengo a mano ningún remedio con el que socorrerle. Le repito lo que atrás le dije: desearía que dentro de muchos años siguiera usted escribiendo como ahora, esto es, como mana el agua de la fuente clara.
Camilo José Cela
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Para adquirir este libro, pincha aquí.
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viernes, 11 de septiembre de 2009
Desde la Azotea
Acompañada por cientos de gatos
me gusta sentarme en la fría azotea de mi casa
y mirar con atención las vecinas techumbres
la ínfima gente que pasea por las calles.
Adquiero conciencia de mi situación real en este mundo
en este cosmos sólo habitado por quimeras.
Alguna vez un meteoro ilumina el firmamento
y su efímera estela
otorga patetismo a la escena extraña.
Únicamente las estrellas son inmutables en este caos azul.
Estoy aquí para observar impotente
la lenta y ronca agonía del mundo.
Ejerzo mi pasión de pensadora insomne
rodeada de gatos que son focos sin sueño.
Las viajas chimeneas, embriagadas de nostalgia,
se desmoronan
sobre fluorescentes rebaños de coches y personas
que circulan por rectilíneas calles.
Mendigos cubiertos por el brillante polvo de los astros
hurgan afanosos en los cubos de basura
mientras rubias muchachas de delgadísima estirpe
humedecen sus melancólicas guedejas
en la penúltima ginebra de la noche.
Solitarios amantes esperan una imposible llamada telefónica,
ebrios sobre el último velador del ruinoso bar.
Ínfima gente la que desde aquí arriba,
desde las hondas elipsis de los astros
ocultos por nacaradas chimeneas y balaustradas lluviosas,
contemplamos
los gatos y yo.
Ínfima gente que llora sin cesar
sobre el turbio rostro de las causas perdidas.
Los cines arrojan un espeso manantial humano
que burdamente comenta
la sensual y exótica belleza de la heroína del film.
Los semáforos hacen guiños al destino
con sus ojos verdes y rojos
y como dictatoriales postes de color
ordenan conductas con irisada rigidez.
Resplandecientes anuncios de neón brillan
sobre la carne azul niquelada de los coches.
lentos son los cadáveres que atraviesan la ciudad
ocultos en el féretro secreto
de la muerte.
Desde el alféizar gris de la azotea
bajo un insistente aguacero de cometas
los gatos y yo contemplamos
los cercanos tejados
las chimeneas que incesantes caen sobre el vacío
las estrellas cubiertas con su imperturbable clámide de plata
la ínfima gente que inunda
el oscuro teatro de la calle.
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A veces pienso que somos espectadores privilegiados de la gran tragedia.
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Marisa F. Pascual
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sábado, 1 de agosto de 2009
Como el Limón
“No sé”, me dijo él. “Hace siete días que lo encontré y nadie ha venido a reclamarlo.”
“Llamemos a algunos números”, le dije.
“¿Para qué?”, preguntó. “Si el dueño no volvió a buscarlo, será porque no le importa”.
“Investiga”, insisto. “Indaga lo que contiene el teléfono a ver si encontramos alguna pista para devolverlo”.
Mensajes. Elementos enviados. Nada. Elementos recibidos. Nada. Borrador: un mensaje sin enviar. Abrimos el mensaje y lo leímos: Odio todas las canciones tristes. Los ojos de la noche que no son los tuyos. Odio todos los poemas de amor porque no puedo ponerlos en tu boca Odio la calle en la que nunca estás. La ciudad solitaria que solo escucha el ruido de mis pasos, los escaparates que reflejan mi cara de tipa aburrida, a los gatos que se cruzan en mi camino y que parecen maullar tu nombre. Odio verte cuando no vuelves. Odio saber que no estás. Odio a la persona que está en tu cama y puede recitar poemas como mariposas en tu vientre de nube. Odio este agosto de lluvia y las cosas que tomo y las tonterías que hago para olvidarte. Y no puedo olvidarte. No.
El barman, que había dejado de beber, se abrazó a la botella de Jack Daniel’s y tiro por el desagüe su aburrida agua sin gas. Yo pedí otra margarita, oh perdón, como él, otro Jack Daniel’s, seco, sin hielo, por favor.
Me miró. Le miré. Alguien robó nuestras voces. Brindamos no sé por qué y prometimos no fisgonear nunca más en los teléfonos móviles ajenos, ni los contenidos olvidados.
Prometimos seguir contándonos nimiedades, escuchando los blues de la decepción.
En el cubo de la basura, como una lágrima, tiramos el teléfono. Era una noche de agosto que parecía de limón. Amarga.
jueves, 18 de junio de 2009
Invierno
viernes, 1 de mayo de 2009
sábado, 25 de abril de 2009
Epílogo
La desnudez de este viaje ofrece una aureola para mis impuros ojos, que nunca pueden cansarse de mirar y no desfallecieron: los que tu noche nunca c
egarían y así han sabido sostener tu mirada de halcón que ha escapado a la muerte y es por ello paloma sobre el promontorio de mis ensoñaciones. Ellos saben que los verdugos no nos deslumbraron con esta exangüe luz de la mañana.Esta espesa neblina que me saluda con el amanecer, ¿es humo innoble de la hoguera donde ardió la mujer el cuerpo en llamas o es solo el vaho que sobre mí arrojan los recuerdos informes de la travesía, buscando sepultarme en su verdad visible, es decir, en las aguas de la inseguridad? Una gota de sangre no bastó: nada puede deshacer el surco de una lágrima. De lo que fue el origen (si es que hay un origen) cerrado por devoraciones persiste un humus y la carne inmóvil.
Es una hipótesis. Trabajo como si las palabras con que escribo se pudiesen beber de un trago, así todo el sabor amargo que dejan en la boca, la pureza del líquido inicial, aceptarían desaparecer. Busco la fórmula que me permita hablar sin que ninguno de los pequeños miedos cotidianos consiga interferir. Hay tantas cosas que decirse... Sentada en esta mesa, veo a través de la ventana el cedro en el jardín. Su impavidez me sirve de pretexto para asumir el orden del desorden, esas hojas perennes que se derraman por el suelo como agujas abiertas sobre sus orillas. Son hojas en las que no hacen mella el grito de los pájaros, ni las salmodias de los grillos, ni el coro de las voces infantiles que juegan en la calle y al mirarse a los ojos absortos en la dicha sin contemplaciones, nos ofrecen la savia de su obstinación. Las raíces de un aire que no tiene raíces son cómplices conmigo, me despojan de esa esperanza que llamamos fruto y al mismo tiempo crecen y disuaden a todo aquel que fía en la nostalgia dura de la pureza, el peso construido de su alegría nos invade. Es cierto que una mancha de sol tiñe la espesa fractura de la luz. Desde aquí abajo siempre es otra la escena, otro nivel para que la promesa alcance cumplimiento. La espuma de los días nos deslumbra mientras el cuerpo ruge y se debate entre acogerse a mi avidez o abrir una brecha más íntima entre la noche y tú.
Ya no se trata de quemar las naves ni de querer armonizar mi silencio y el tuyo. Son dos silencios indistintos en los que el rumor de los desarraigados hace que no escuchemos la agonía de las estrellas con que sueño. El mar y el ubicuo fantasma de los huertos abren heridas desiguales. No es que esté ausente la verdad –sabes que siempre la llevé conmigo- pero no pude controlarla, ni dejarla crecer, libre, en los atardeceres.
Tejer y destejer es el atributo (dicen) de los estados de melancolía, pero en vivir no hay nada melancólico, quizá no más que un gesto de sorpresa bajo una luz no complaciente. A mí me resulta difícil asumirlo y me rebelo a su prisión. Por eso indico la distancia más corta para atravesar la leve línea ente dos sombras, tu cuerpo ininteligible y su esplendor: un río cuyo curso bebimos para beber el fondo y era de piedra y música callada.
Es su pasión quien ahora nos rehace (nada está muerto hasta que se acaba del todo), y la que siembra a nuestro alrededor el estremecimiento de una voz gastada a fuerza de decirte, de reconocer lo irrenunciable de la muerte. Erguida en esta ciudad frente a la misma bruma, recojo de la tierra huesos de palabras, y las arrojo entre los surcos con el convencimiento de que germinarán hasta que llegue un día en que me suba a ellas como en un barco que me lleve a ti.
Y así, en el fiel de lo irrecuperable, su compañía es como un bálsamo. Falta de hogar en su regazo extinto encuentro hoy un abrigo para los que creyeron en mi orfandad, el muro que hizo inviable demoler fronteras esa gravitación reconocible, aunque fugaz, donde buscar un centro que no fuese ni un antes ni un después. Esa es la imagen donde te descubro, cuerpo o camino por el que ascender. No ignoro que así sucede siempre en el amor..
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viernes, 6 de marzo de 2009
Estampa Marzo´09
cuando el viento silba y grita
su canción de temor y desencanto.
largos son esos días trajeados de zinc
cuando la calle amanece desierta
y los viejos se suicidan lentamente
ante los rojos espejos de las chimeneas.
Largos son. Largos son.
Porque la espera y la esperanza matan
edades solitarias
sueños sin color.
Esos días
los gatos
como negra tropa surgida del exilio
se reúnen en mi casa.
Quieren contemplar mi cotidiano quehacer de invierno
mi conducta para ellos siniestra
mi ingenua confianza
mi actitud inexplicable.
Observan todo con la tristeza silenciosa del maestro
cuyas mudas enseñanzas no intuye el torpe discípulo.
Me ven abrir varias veces el buzón del correo
mi mano que se desliza inquieta por la fría caja
buscando con afán el falso sobre
que esa misma mano depositó allí el anterior día.
Ven mi fingida expresión de asombro
cuando leo el simulado contenido
de una carta absolutamente limpia y blanca.
-“Hoy” –miento- “espero una importante visita”.
Impasibles, escrutan con ojos de expertos
mis nerviosos vaivenes y ademanes
como de persona atenta a una llamada
cuando el eco lejano de algún timbre
sube en espiral por la escalera neblinosa.
Silenciosos, observan mis locas carreras
para descolgar un teléfono que no ha sonado,
que nunca suena.
Escuchan mi conversación alegre y exultante
mi diálogo imaginario con alguien
que no existe.
-“Me anuncian la inminente visita”- vuelvo a mentir.
Los gatos se miran entre ellos
y mueven sus colas con movimiento acompasado.
Por un instante, las chimeneas de sus ojos exhalan
el humo solemne de la tristeza,
Con dolorosa resignación las negras cabezas inclinan
se acercan a la entornada puerta
y desaparecen lentamente.
Perdonan mis absurdas representaciones
comprenden mi proceder histriónico.
Saben que largos son los crudos días de invierno,
y que cuando el viento silba y grita, como ahora
solo la fantasía ahuyenta
el ensangrentado espectro del suicidio.
viernes, 6 de febrero de 2009
Estampa Febrero´09

Este verano que tanto te quiero,
te regalo la lluvia.
La lluvia es todo:
es canción triste, es compañía,
es llanto persistente sobre el paisaje,
es la caricia que hace temblar el suelo
y elevarse a las flores.
Es la orden húmeda que implanta
los más espesos olores.
Te la regalo porque es como tú,
extensa, repentina,
de estatura cansada por el sol de la tarde,
de ojos también cayéndose camino del invierno
y porque en ella yo me siento tan dulce
como te siento a ti.
De todo lo que vuela y nos hace sufrir,
nada más compasivo y simple que la lluvia,
nada tan frágil y a la vez tan invicto
y nada como su misma promesa de frutos y verdor.
Mírala,
como un mar derrumbado,
como ruinas de una atmósfera de agua que existió.
Muchas veces
me empapa de nostalgia y me hace nudos
que escuecen al tragar.
Será porque la lluvia
cubre bosques que has amado conmigo,
nos ha mojado juntos, imparcial, minuciosa,
en lejanas provincias junto al mar.
Ya para siempre tendrás lo que te he dado,
de mi regalo nunca podrás huir
ni devolvérmelo.
Y cuando llueva cada gota en tu cuerpo será un beso,
un beso que no pide nada a cambio
que atravesará los paraguas, los impermeables,
diciéndote con su idioma monótono y dormido
que te quiero.
Marisa Pascual
Fotografía: Juan F. Segovia
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domingo, 28 de diciembre de 2008
El Último Día
Atravieso con la mirada el cristal de mi habitación, y no veo más allá que pequeños círculos, casi concéntricos, de la suciedad pegada a éstos, que toman distintas tonalidades, marrón, gris, negro-azabache..., alternados con grandes islas de un color blanquecino, en cuyo centro destaca un mogote negro, cuya característica principal es la de ser origen animal,... cualquier día de estos voy a desempolvar la escopeta de aire comprimido que tengo olvidada en el armario y ...
Me dirijo hacia la calle Estrada, es allí donde tengo cita con mi psiquiatra, una mujer de unos treinta y pico años, que destaca por su larga melena rubia, todo el mundo intuye que esta mujer conserva poco de la naturalidad con la que una persona nace, sus grandes labios parecen dos grandes morcillas de Burgos, embutidas en una tripa de color rojo fuego, pues es tal su manifiesta preocupación por su aspecto físico que es casi imposible verla un defecto: Una uña mal cortada, un pelo enmarañado o sin peinar, una blusa que no esté a juego con la falda y por supuesto con los zapatos... esto está incluido en su gran códice de faltas de las demás personas, resto de seres mortales defectuosos, carentes de una personalidad definida, susceptibles a unos traumas infantiles jamás superados en los que en su interior reina una atmósfera de caos e incertidumbre (palabras copiadas de una de mis numerosas conversaciones en el sofá de la consulta).
La llegada se me hace muy tortuosa, el tráfico impide el trasiego por la calles con fluidez, es verano, y el sol luce en su máximo esplendor. Mi coche, un viejo Ford Fiesta de color negro, absorbe todos los rayos solares, con el consiguiente aumento de la temperatura.
El sudor recorre todo mi cuerpo, el mal olor va envolviéndome, en estos casos te das cuenta de la inutilidad del desodorante, y eso que en la publicidad te cuentan que son efecto veinticuatro horas...será en condiciones de burbuja, y solo piensas en la forma de llegar a casa para poder ducharte y poder eliminar todo.
Consigo aparcar, no sin ciertas dificultades y pagando el correspondiente canon al tío bajito y feo de la mano torcida, que se dedica a indicarte los posibles sitios libres y cómo debes maniobrar con el volante para aparcar. Claro que eso pensé la última vez que coincidí con él, y después de ignorarle e intentar esquivarle, lo siguiente que me encontré al volver fue un profundo y largo arañazo en el coche.


